Por Hugo Arana Páez
A principios del siglo XX el labriego apureño Pedro Emilio Ascanio, de los Ascanio de Biruaca… poseía un bonito conuquito frente a la LAGUNA DE MERECURE, un hermoso cuerpo de agua situado entre San Fernando y Biruaca. Aledaño a ese espejo natural vivía Pedro Emilio con su joven y hermosa compañera Eulalia Ramos y sus dos hijitos Pedrito y Eulalita. Por cierto, para vigilar mejor su posesión había construido la vivienda en el centro del plantío al que orgulloso había bautizado FUNDO EL PARAÍSO (donde ahora se hallan el motel y Urbanización EL PARAÍSO). En aquella época el lugar era un Edén y por eso el agricultor había decidido establecerse allí con su familia, donde con mucho trabajo edificó una bonita casona de bahareque, techo de tejas de dos aguas, un ancho portón de madera, tres amplias habitaciones iluminadas por tres enormes ventanas de balaustres de fina y resistente madera y un ancho y largo corredor que daba a un bello y bien cuidado jardín, donde Eulalia cultivaba una gran variedad de plantas ornamentales y medicinales. Por cierto, el corredor miraba hacia el camino real que conducía de San Fernando a Biruaca y que separaba la vivienda de la laguna, la cual surtía del cristalino líquido al sembradío y a la familia.
Eran tiempos de Gómez y el Presidente del Estado Apure era el General Vincenzo Pérez Soto, quien entre sus segundones descollaba el comandante de la policía, el Coronel Pedro Vicente Flores, un atrabiliario, pícaro y desalmado oficial del ejército, de esos llamados despectivamente Chopo e´ piedra y a quien le gustaba pavonearse altanero en lomos de su caballo por los alrededores de San Fernando, viendo a ver qué hato, fundo o conuco, con saña y maña o con leguleyerías se cogía...
Una fresca mañana en que el tercio andaba por los lados de Merecure en uno de sus habituales paseos matutinos, atinó a ver a orillas del camino frente a la laguna, el hermoso conuco, el florido jardín y la señorial vivienda que gratamente atrajeron su atención; pero más le cautivó la grata imagen de la agraciada Eulalia, quien sonriente barría el enorme patio. Prontamente el pícaro militar detuvo el trotecito de la bestia frente a la entrada y mientras caracoleaba y exhibiendo una maliciosa y antipática risita saludó a la mujer.
-¡Buenos días je, je, je…!
-Buenos días Don… ¿Qué lo trae por aquí?
-Nada en particular; solamente admirando las bellezas de por aquí como usted je, je, je…
-¿Cómo yo?
-¡Si como usted señorita je, je, je!
-¿Señorita? Yo estoy casada con aquél muchacho que viene allá y de ñapa tengo dos hijos con él… ja, ja, ja.
-¿Así es la cosa je, je, je…?
-¡Si señor! ¡Así es la cosa!
Por el limpio callejón venía desde el conuco con su andar apuraíto Pedro Emilio, se acercaba seguido de dos fieles perritos flacos; en la diestra el inseparable Cola e´ gallo y al hombro dos enormes sacos de fique, uno atestado de topochos, cambures, auyamas, yuca, ocumos y otro atapuzado de jojotos.
-¡Buenas!
Saludó Pedro Emilio, mientras intrigado por la inusual visita lanzaba la pesada carga en medio del patio.
-¡Eulalia! ¿Qué se le ofrece al señor?
Preguntó el jadeante marido.
-Nada mi amor, que él andaba paseando por aquí y se detuvo a…
-¡A pedir una totumita de agua je, je, je!
-¡Dale el agua Eulalia!
Más que un favor era una orden, por lo que presurosa, la joven se dirigió a la verde, húmeda y fresca tinaja que sobre una horqueta se hallaba a la sombra de un samán que en las noches fungía de palo gallinero.
-Aquí tiene Don…
-¡Coronel Pedro Flores para servirles!
-Pedro Emilio Ascanio de los Ascanio de Biruaca...
Asentó orgulloso el labriego.
-Mire Pedro, esto es muy bonito, similar a un paraíso, fíjese en esa laguna que parece un espejo y el camino ni se diga, adornado de samanes a ambos lados que da gusto recorrerlo desde los cachos hasta el rabo je, je, je.
-Sí señor, por eso mis antepasados y yo desde hace añales nos ranchamos aquí y si es de la tierra ni se diga, fíjese que aquí se da todo lo que uno siembra.
-¡Ya veo, ya veo je, je, je…!
Respondió el zamarro militar a quien el comentario de Pedro Emilio animó a poner en práctica la idea de apropiarse del sembradío y de paso arrebatarle la bonita compañera. Así fue como cada fin de semana visitaba a la laboriosa familia y mientras conversaba, a cada rato le proponía a Pedro comprarle EL PARAÍSO, a la vez que no apartaba los ojos de la agraciada muchacha. Un aciago día, sabiendo el taimado oficial que Pedro Emilio había ido a Biruaca a vender una cosecha de yuca, se dirigió al lugar donde precisamente la joven y bonita Eulalia se hallaba sin más compañía que la de sus dos pequeños hijos. Al llegar al lugar, el terció se apeó con premura del caballo y sin que le invitara a pasar adelante, enrumbó sus pasos al corredor donde sin ton ni son se sentó en una de las silletas de cuero de res templado y corazón de samán. Desde la fresca y amplia sala, el perverso hombre miraba con intenciones malsanas a la mujer recogiendo la ropa que se hallaba colgada de una cuerda de alambre de púas. Cargando el lío de trapos en sus brazos la muchacha se dirigió al interior de la vivienda y estando en su alcoba se dispuso a acomodarlos en el vetusto escaparate. Estando en esos menesteres, repentinamente sintió a sus espaldas que dos pesadas manos mansamente se posaban en sus hombros.
-¡Mi amor que bueno que llegaste! ¿No me vas a besar?
Seguidamente sintió que dos fuertes brazos le acariciaban suavemente el vientre, haciendo que en lo más hondo de su ser despertaran el amor y la pasión desenfrenada. Embargada de emoción y con los ojos cerrados de felicidad giró su cuerpo para besar al ser amado. Al quedar frente al hombre, sus labios se abrieron en un frenesí de amor en busca de un ardiente, apasionado y largo beso… Instintivamente alzó sus brazos hasta rodear la nuca del hombre, mientras que sus ojos lentamente se abrían para mirar ante sí al ser amado… percatándose que no era Pedro Emilio, sino el osado militar, quien con ojos lujuriosos la admiraba, a la vez que la baboseaba y le manoseaba los esponjosos y firmes senos. Enfurecida la mujer le asestó una enérgica patada que lo lanzó al piso. Mientras que confundida y asqueada escupía, como queriendo limpiarse la afrenta de la que había sido objeto. Indignada y temblorosa se pasaba una y otra vez el dorso de la mano por los labios a la vez que conminaba al malvado coronelito a salir de la habitación.
-¡Salga de mi cuarto inmediatamente! ¡Salgase de mi casa gran carajo! ¡Si no se va ahora mismo voy a gritar!
Desde el suelo el aporreado malhechor con el mayor desparpajo la retaba...
-¡Grita lo que quieras, que aquí nadie te va a escuchar! ¡Acuérdate que el pendejo de tu marido está bien lejos!
-¿Sola? ¡Voltea para que veas que no estoy sola...!
Eran los niños quienes llorando y armados de sendos cuchillos punta e´ lanza en sus manos retaban iracundos al malhechor, quien furioso cual león de la pradera africana se abalanzó sobre las criaturas y arrebatándoles las armas y sin que se le aguara el ojo los degolló. Ante aquella dantesca imagen la acongojada e irascible Eulalia tomó en sus manos el Cola e´ gallo del marido y logró infligirle una profunda herida en la cara. Con el rostro ensangrentado el envalentonado malandrín se le vino encima y tumbándola en la cama se le subió a horcajadas y asiéndola por ambas manos comenzó a propinarle fuertes golpes a la cara hasta dejarla inconsciente. Súbitamente comenzó a desgarrarle las vestiduras para alcanzar sus funestos fines. En ese instante se escuchó una voz que venía del patio. Era Pedro Emilio, quien acababa de llegar y al no mirar a su mujer y a los niños en el patio dándoles la bienvenida, sino al caballo del zamarro coronelito, acudieron a su mente horribles presagios, por lo que tembloroso de pánico se dirigió a la vivienda en veloz carrera...
-¡Eulalia! ¡Eulalia mi amor! ¡Pedrito! ¡Eulalita! ¡Niños! ¿Dónde están…?
Al llegar al umbral de la puerta de la alcoba se detuvo pálido de terror, rabia e impotencia al mirar a sus dos hijitos inertes tendidos en el piso sangrando por el cuello y al criminal de espaldas encima de su mujer empeñado en desnudarla. Sin pensarlo dos veces el sorprendido labriego se abalanzó furioso sobre el criminal.
-¡Te voy a matar gran carajo! ¡Ya me vas a pagar lo que le has hecho a los míos!
Al escuchar la enardecida voz de Pedro Emilio, el tercio se volteó y con la rapidez de una serpiente desenvainó el espadín de reglamento, asestándole un mortal sablazo en el cuello que echó a rodar por el piso la cabeza del desafortunado agricultor; mientras que el cuerpo sin cabeza, chorreando borbotones de sangre caía encima del malvado coronel, quien sin que se le enfriara el guarapo apartó el inerte cuerpo que le impedía terminar de desnudar a la desvanecida Eulalia. Consumados sus perversos propósitos, tranquilamente se levantó del lecho y con una mano tomó la sangrante cabeza de Pedro Emilio y con la otra arrastró el cuerpo hasta la laguna donde lanzó los restos para que los caribes y un enorme y viejo caimán cebao saciaran su hambre de carne y borraran las evidencias, que por cierto en tiempos de dictadura no sirven pa´ un carajo. Mientras que desde la alcoba hasta la orilla de la laguna se miraba el reguero de sangre…
Con el mayor desparpajo, el tercio se marchó sobre su caballo rumbo a San Fernando, por el frondoso camino iba silbando alegremente añejas tonadas de arrieros. Entretanto en la casa, la infeliz mujer, al volver en sí, vio con intenso dolor los cuerpos sin vida de los niños y en el piso el rastro de sangre que desde la alcoba hasta la orilla de la laguna había impregnado de purpura esos espacios. Era la inequívoca señal que el desalmado coronel había asesinado a su marido y arrastrado su cuerpo hasta ese espejo de agua y que desde ese día, su vida y la de su familia las había arruinado el perverso criminal. Armándose de valor, como pudo se levantó y como un zombi se dirigió a uno de los chinchorros, el cual descolgó y con el colgadero en sus manos y casi arrastrando los pasos como una sonámbula se dirigió a la orilla de la laguna donde lanzó el cabo e´ soga por encima de una de las ramas del más frondoso de los samanes. A duras penas logró subirse al árbol y sobre una de las ramas se echó el lazo al cuello y sin pensarlo mucho se lanzó al vacío. Un fuerte templón del cuero detuvo la brusca caída del desvanecido cuerpo que cual péndulo de un viejo reloj de pared oscilaba indetenible…
Pasado un tiempo el perverso coronelito regó la versión que Pedro Emilio había dejado a su mujer por otra tercia y que Eulalia al hallarse íngrima y sola, con un guayabo negro de compañero, ese aciago día degolló a los niños y luego se ahorcó y que él para mantener la tradición del pequeño y productivo fundo decidió expropiarlo a trocha y mocha –como es la costumbre de los dictadores-
Desde entonces, el criminal iba a retozar a su mal habida propiedad, hasta que una tarde lluviosa, sorpresivamente se le aparecieron cuatro extraños seres; una pareja de niños chorreando sangre por el cuello, una pálida mujer con un cabo de soga colgándole del pescuezo y el cuerpo sin cabeza de un hombre ordenándole que se vaya del lugar, que han venido del más allá a tomar posesión de su propiedad y que si se quedaba un minuto más lo matarían sin contemplación alguna. Que ellos venían del más allá donde impera la justicia representada en EL TRIBUNAL SUPREMO DE JUSTICIA CELESTIAL donde el que la hace la paga... y que en cualquier momento ejecutarían la sentencia de ese tribunal. Chorriao de terror y sin pensarlo dos veces el cobarde oficial dejó el pelero y desde ese día jamás volvió a EL PARAÍSO.
Pasados unos meses y hallándose el coronel Flores una noche en su lugar de trabajo, la Comandancia de Policía situada en la Calle Sucre, detrás del Palacio Fonsequero, se le apareció la bella Eulalia con un Cola ´e gallo chorreando sangre en su mano. El sorprendido tercio al verla la increpó.
-¿Quién eres tú y qué carajo andas haciendo por estos laos con ese machetico en la mano?
-¡Yo soy Eulalia Ramos, la mujer de Pedro Emilio Ascanio de los Ascanio de Biruaca… y madre de las dos criaturas que hace unos meses tú degollaste allá en el FUNDO EL PARAÍSO frente a la Laguna de Merecure.
Mientras el bellaco hombre se acariciaba la larga y horrible cicatriz en el rostro, a su mente acudió el recuerdo del certero machetazo que allá en Merecure le infligiera la enfurecida Eulalia.
-¡Aaaah! ¿Eres tú?
-¡Quién más va a ser gran carajo! ¡No te hagas el pendejo y escúchame bien lo que te voy a contar!
-¿Y qué me vas a contar?
-Que esta noche acabo de ejecutar la sentencia que el TRIBUNAL SUPREMO DE JUSTICIA CELESTIAL me ordenó ejecutar.
-¿Y qué tribunal es ese y qué sentencia es esa?
-Bien, no te hagas el loco gran carajo, el TRIBUNAL SUPREMO DE JUSTICIA CELESTIAL es el encargado de impartir la justicia divina, que por cierto no se pela y por eso sus decisiones son inapelables; en otras palabras, en ese tribunal no prospera la impunidad y por lo tanto el que la hace la paga completica. Ah y otra cosa, se rige por el código de justicia más antiguo y justo que ha conocido la humanidad.
-¿Y cuál es ese código?
-¡El Código de Hammurabi, conocido también como La Ley del Talión o mejor dicho la LEY DEL OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE… ja, ja, ja.
-¿Y qué tiene que ver ese bendito código con lo que te hice?
-¡Muy buena pregunta! Porque precisamente ahorita vengo de tu casa donde con este machetico bien amolao acabo de cortarles la cabeza a tus dos hijitos y de ñapa escabecé a tu mujercita… ja, ja, ja.
Temblando de rabia el oficial peló por el revólver de reglamento, un viejo treinta y ocho, el cual descargó las seis balas en la humanidad de la extraña visión, mientras una horrible carcajada se escuchaba en el cuartel de policía, haciendo que los nerviosos guardias en tropel y empuñando los máuseres se dirigieran a la oficina de su comandante… Al entrar a la sala, una humareda y un fuerte olor a pólvora impregnaba el lugar y en el piso un reguero de sangre que indicaba que alguien había sido lastimado. Entretanto, en un rincón los policías veían al enloquecido oficial percutando el arma sin proyectiles, mientras que en la pared se observaban seis orificios de bala… Todos palidecieron de pavor cuando inesperadamente escucharon a sus espaldas unas espantosas carcajadas y al voltearse no había nadie, sorprendidos sintieron que una fuerte brisa, cual terca tolvanera en la soleada sabana los envolvió hasta hacerlos rodar por el piso…
Vuelta la calma al cuartel y tranquilizado el oficial, éste solicitó a la tropa lo acompañaran a su hogar situado por los lados del lejano Barrio Mango Verde (frente a la sede actual de la Guardia Nacional). Al llegar, el terció observó aterrorizado que los vecinos se hallaban congregados a las puertas de su residencia, presagio de que algo espantoso había ocurrido. Presuroso se apeó de la cabalgadura y apartando el gentío entró a la vivienda y pálido de terror observó que había un reguero de sangre por todos lados. En la alcoba principal se hallaban tendidos en el piso los cuerpos decapitados de la esposa y la pareja de niños y en la pared escrito con tinta sangre el anuncio ¡EL TRIBUNAL SUPREMO DE JUSTICIA CELESTIAL HOY EJECUTÓ LA SENTENCIA DEL OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE…!
-¡Maldita, maldita seas Eulalia Ramos! ¡Te saliste con la tuya desgraciada…!
Sollozando y temblando de dolor el infeliz coronel se dirigió a la calle y al ver a uno de sus lugartenientes, le arrebató el arma de reglamento y sin que el hombre pudiera impedírselo se pegó un pepazo en la sien cayendo sin vida al piso. Súbitamente los presentes miraron horrorizados que alrededor del cuerpo estaban de pie cuatro horribles seres; una pálida mujer con un cabo e´ soga al cuello, una pareja de niños chorreando sangre por el cuello y el cuerpo sin cabeza de un hombre gritándole al inerte oficial.
-¡Pedro Vicente Flores, desgraciado pagaste los cuatro crímenes de Merecure! ¡La justicia divina no se pela, tarde o temprano llega ja, ja, ja…¡
En medio de la calle los presentes miraban tendido boca arriba el cadáver del atrabiliario coronel; entretanto las extrañas visiones como zombis se marchaban arrastrando sus pasos por el medio del camino con su cantaleta hasta esfumarse.
-¡Pedro Vicente Flores, desgraciado pagaste los cuatro crímenes de Merecure! ¡La justicia divina no se pela, tarde o temprano llega ja, ja, ja…¡
Desde ese día, por los lados de la lejana Laguna de Merecure, los trasnochados parranderos creen ver salir a medianoche de una destartalada y abandonada vivienda del BARRIO MERECURE, a una bonita mujer con un cabo e´ soga en la mano atravesando el camino para subirse a uno de los samanes y con la soga al cuello, saltar de una de las ramas y quedar columpiándose hasta el amanecer, mientras a cada rato se oyen unos espantosos alaridos que paran los pelos del aterrorizado caminante.
Otros creen mirar el cuerpo de una mujer colgando de una de las ramas del samán que se halla frente al Hotel Paraíso y el cuerpo de un hombre sin cabeza empeñado en descolgarla y al pie del árbol una pareja de niños gritando.
-¡Mamaíta, mamaíta te venimos a descolgar de esa rama para que te reúnas con nosotros!
Confundido, el trasnochado parroquiano con los ojos bien pelaos mira horrorizado que el cuerpo de la tercia, cual pesado fardo cae a la vera del camino y sin ton ni son, se levanta para unirse a la procesión encabezada por el cuerpo sin cabeza seguido de la pareja de niños, quienes en un andar de zombis atraviesan la carretera para esfumarse en las ancestrales ruinas de lo que un día fue el bonito FUNDO EL PARAÍSO de Pedro Emilio Ascanio, de los Ascanio de Biruaca... quedando en el ambiente una polvareda que ha levantado una terca tolvanera y el espantoso y fuerte alarido proferido por un coro de cuatro voces fantasmales…
1 comentarios:
Que terrorífico fue eso
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